País Invitado de Honor:
Chile

El Cine Chileno (1910-1950)

La primera película chilena y el auge de las producciones mudas en los años veinte, la aplicación de la censura y el debut de la filmografía sonora son algunos de los hitos que marcaron el cine chileno en este período, que culmina con la creación de Chile Films en 1942.

El cine no tardó mucho tiempo en llegar a Chile. Ya en 1896, un año después de la primera proyección en Francia, se realizó en Chile el primer programa cinematográfico en el Teatro Unión Central de Santiago. Hasta 1910, lo que podía ver un espectador chileno en salas eran básicamente producciones extranjeras o documentales nacionales articulados sobre la base de vistas de lugares sin mayor intención narrativa. Hasta que en 1910, con motivo del Centenario de la Independencia, Adolfo Urzúa filmó y exhibió Manuel Rodríguez, primera película nacional. Las primeras producciones chilenas eran una suerte de «teatro filmado». De hecho, directores y actores provenían del mundo del teatro. A pesar de los problemas de esta incipiente industria (estrechez financiera, iniciativas exclusivamente individuales), el cine se develó como un espectáculo muy popular. A partir de 1915 surgieron las primeras revistas de cine, lo que permitiría mayor difusión y una suerte de «educación cinematográfica» a través de la crítica.

Efectivamente, la década de 1920 fue testigo del auge del cine chileno. Entre 1920 y 1927 se realizaron más de una cincuentena de largometrajes argumentales en Chile. Por supuesto, se trataba de películas mudas aún. Lamentablemente la mayor parte de ellas se ha perdido o deteriorado con el tiempo. Sin embargo, gracias a la labor de conservación se ha podido rescatar parte importante del patrimonio fílmico nacional. Las temáticas de estas primeras películas chilenas trataban relaciones amorosas, situaciones criminales, reconstrucciones históricas e identidades regionales o, como fue el caso particular de Uno de abajo (1920) de Armando Rojas Castro, el alcoholismo. En esta década destacó la figura de Pedro Sienna, actor y director, responsable de obras clave como Un grito en el mar (1924) y El húsar de la muerte (1925). El impacto del cine en la sociedad chilena se pudo apreciar en el nacimiento de la censura oficial, cuando en 1925 el Gobierno de Arturo Alessandri creó un organismo encargado de calificar toda obra a exhibir en el país.

Hacia fines de la década de 1920 decayó la producción nacional, debido a la arremetida de las compañías distribuidoras de Estados Unidos y a la gran depresión económica. A fines de la década de 1930 la producción nacional retomó su actividad. Y fue en estos años en los que se consolidaron directores como Jorge «Coke» Délano (con Norte y Sur, de 1934, primer film sonoro chileno), el italiano Eugenio de Liguoro (Verdejo gasta un millón de 1941 y Entre gallos y medianoche de 1942) y el argentino José Bohr (P’al otro la’o, de 1942), que lograron convocar en masa al público nacional. a partir de estos éxitos, la recién instalada Corporación de Fomento decidió crear en 1942 una compañía nacional, Chile Films, que en menos de una década produjo varias obras, destacando La amarga verdad (1945) de Carlos Borcosque, El hombre que se llevaron (1946) de Jorge Délano y La dama de las camelias (1947) de José Bohr, entre otras. Sin embargo los éxitos fueron fugaces y a fines de la década de 1940 la productora se sumergió en una profunda crisis económica, pasando a manos privadas hasta la década de 1960.

El Cine Chileno (1950-2006)

El Nuevo Cine Chileno surgido en los ’60 y el cine militante de principios de los ’70 se apagaron con la instalación de la dictadura militar, período en que buena oarte de los realizadores salieron al exilio. La vuelta a la democracia trajo consigo un lento despertar de la industria. Cine Chile

El desmantelamiento de la empresa Chile Films en 1949 no auguraba buenos tiempos para la cinematografía nacional. Efectivamente, la década de 1950 registró un escaso nivel de estrenos nacionales, al punto de ser llamada «decenio de las sombras» por Aldo Francia. Cabe destacar, sin embargo el esfuerzo realizado en estos años, por cineastas como Nahum Kramarenko y Jorge Álvarez, quienes fueron capaces de levantar producciones cinematográficas a pesar de la oposición del medio. Gracias a realizadores como los mencionados y a otros jóvenes documentalistas, como Sergio Bravo, los que reunidos en torno a cine clubs y universidades, construyeron obras que ya anunciaban la preocupación dominante de los años venideros: la realidad social y nacional, el cine nacional siguió vivo.

Efectivamente, gran parte de los cineastas que a fines de la década de 1960 cobrarán relevancia se formaron en este cine documental, como Miguel Littin, Patricio Guzmán, Helvio Soto, Pedro Chaskel o Aldo Francia, entre otros. En concordancia con el movimiento de su época, las obras de estos cineastas fueron tendiendo cada vez más hacia la afirmación política. Un hito fundamental fue el Festival de Cine de Viña del Mar de 1967, donde el denominado Nuevo Cine chileno se puso en contacto con los cineastas latinoamericanos, dándose una confluencia de intereses estéticos y políticos marcados por la revolución social, el anti-imperialismo y la construcción de una cultura propia. A partir de este estímulo, los espectadores chilenos apreciaron una tríada de películas de gran repercusión: Tres Tristes Tigres (1968) de Raúl Ruiz, Valparaíso, mi amor (1969) de Aldo Francia y El Chacal de Nahueltoro (1969) de Miguel Littin. El cine chileno se ubicaba de esta manera en un terreno netamente social y político, dejando atrás el carácter comercial que le había caracterizado. Pero este auge no se debía sólo a un empuje de tipo ideológico. El gobierno de Eduardo Frei Montalva implementó importantes medidas para fomentar la producción nacional, como fueron la reactivación de Chile Films, la liberación de ciertos impuestos y un porcentaje mínimo de retorno a las producciones.

 

Con la instauración del gobierno de la Unidad Popular, el cine militante tuvo su momento de gloria, pero fundamentalmente en la producción de documentales, ya que debido a las presiones de la contingencia, la producción de argumentales o cine de ficción, siempre fue pospuesta.

La irrupción de la dictadura militar dañó seriamente a la industria del cine nacional, no sólo por el exilio de muchos cineastas, sino porque se cerraron las escuelas, se derogaron las leyes de 1967 y se implantó una férrea censura. También contribuyó a menguar al cine nacional el auge de la televisión, aún cuando fue posteriormente beneficiado, en la década de 1980, con el aumento de la producción publicitaria que permitió la proliferación de productoras privadas. Ahora el cine ya no dependía básicamente del Estado o de las universidades. Durante la dictadura, la mayor parte del cine nacional fue cine chileno en el exilio, pocos cineastas se dedicaron a la producción argumental en el país, destacando Silvio Caiozzi con Julio Comienza en Julio (1979), Cristián Sánchez con Los Deseos Concebidos (1982), Pablo Perelman con Imagen Latente (1988) y Tatiana Gaviola con Ángeles (1989). Con el retorno de la democracia, se pensó en un renacer del cine nacional, sin embargo ello tardó más de lo pensado. La década de 1990 registró algunos fallidos experimentos de fomento público y el número de estrenos año a año fue muy irregular; destaca, sin embargo, el estreno de películas como La Frontera (1991) de Ricardo Larraín (1957-2016), cineasta que comenzó su carrera durante la década de los ochenta con cortos y mediometrajes como La hora del sereno (1982), Rogelio Segundo (1983) o Dime como bailas y te diré quién eres (1989).

A fines de la década se pudo hablar de un aumento sostenido de la producción chilena, registrándose éxitos históricos de taquilla como El Chacotero Sentimental (1999) de Cristían Galaz y Sexo con Amor (2003) de Boris Quercia. Es interesante notar cómo en estos años la cinematografía socio-politica da paso a un cine más comercial. A partir de este auge, una nueva institucionalidad del cine pudo ser promulgada, la cual se espera sea un decidido estímulo al cine chileno.

Memoria chilena, Biblioteca Nacional de Chile

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